Confesión

Hoy he vuelto, Señor mio,

a soñar caminos a tu vera

y que en mi presencia estás,

como si caminara contigo

por las ciudades de Israel,

y la señal que tú dejaras

pisara yo de nuevo en ellas.

 

Tú eres mi vida, ¡oh Jesucristo!,

sin tí nada cuenta,

sin tí, ¿qué importa nada?,

sin tí es la nada.

 

Tú eres mi vida, ¡oh mi vida!,

¿qué haría yo si soñara

con otros horizontes

que no fuera, vida mía,

los de tus ojos color cielo?

 

Porque, Padre mío, Hermano mío,

Esposo y dulzura de mi corazón,

porque si no fuera por tí,

¿qué sería de mí?,

¿qué sería de mí, Señor?

 

Muérome en la pobreza de mi alma,

y como banquero celestial

me prestas grandes avales de tu corazón.

 

Me duelo porque no sé amar,

y como si siempre lo supiera

he aprendido a amar queriendo poder amar.

 

No eres una sombra, Jesucristo,

no eres historia, ni un monumento,

no eres el olvido o la memoria,

eres la vida mía, porque sin tí,

¿qué hubiera sido de mí?,

¿qué hubiera sido de mí?

 

hoy he vuelto con mi corazón a soñar

sueños en que camino a tu vera,

en que piso en tus huellas;

pero me siento tan pobre,

¡tan pobre, Amado mío!

 

Muero por morir para tí,

muero por morir en tí,

y que duro me se hace

vivir para tí y en tí.

 

Soy como la brizna del campo

que un fresco arrastra,

como cual arrastrara una balsa

una terrible tormenta.

 

En mi insignificancia sufro,

porque soy tan poca cosa…,

y en mi escasez

creo que no te serviré de nada;

pero en el secreto del silencio,

en mi pobreza extrema,

en las costuras de mi lepra,

en el yugo de mis cadenas,

en el suelo que resbala,

tú, tú estas conmigo, Padre mío.

 

Vagaba mi corazón buscando grandezas,

decíame engañándome a mi mismo,

sabiendo lo falso de mi proceder,

que grande era yo más que todos

y que nadie era semejante a mí.

 

Entre fantasmas caminaba,

entre sueños de humo me empobrecía,

y mientras todo esto ocurría,

la duda, la locura y la hiel moraban.

 

He visto mi alma

como quien ve su cara en un espejo.

¡Pobre de mí!, ¡pobre de mí!,

¿quién socorrerá a un pobre desgraciado?

 

Dime José Luis, dime a tí mismo,

¿por quién te tienes que siendo miseria

te alzas semejante a un dios ridículo?

Muérete José Luis, por tí y por mí,

por los dos que somos uno, ¡muérete!;

pero muere donde puedas resucitar con el Señor,

donde sumergiéndote en el agua

nazcas como Fénix del fuego.

 

En el cuello de mi alma

cadenas me aprietan como perro poseido;

entiendo que no lo entiendo;

tendido ando y enfermo sobre estiercol,

sobre los vómitos del perro que soy,

la suciedad me cubre los huesos

y en mi carne la úlcera cruel.

 

¿Dé dónde le salió a mi alma

tan descomunal horrenda hechura?,

¿de dónde es que me vino

si no de la maldad que hay en mí?,

¿de dónde pudo venir tanta maldad

si no es de mi propia ceguera, Dios mio?

 

Saber, ¿qué sé yo, Dios?

Yo no sé nada,

y si antes creí saber

en verdad estoy ciego de soberbia.

 

La muerte, terrible chacal,

gobierna mis entrañas,

porque no puede salir vida

de un ser tan despreciable como yo.

 

He comprendido, Dios Misericordioso, Jesús.

Ahora ayuda a este pobre necio,

que si sabe algo

sólo sabe que es un necio

y que tú eres el Salvador.

 

Maldad destila mi corazón,

y heme aquí, Redentor mio,

que me prosto avergonzado a tus pies:

¡líbrame, te lo suplico!,

¡sálvame por tu amor!,

¡por tu nombre, Jesús, redímeme!,

¡límpiame y seré tuyo!,

¡lávame y quedaré más blanco que la cal!

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Publicado en on octubre 12, 2008 at 6:29 pm  Dejar un comentario  

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